
Impactante descripción del Paraíso, Domingo Savio se aparece a Don Bosco.
Introducción: Domingo Savio fue un alumno del oratorio, muy querido por San Juan Bosco, quien a temprana edad partió hacia el Paraíso celestial. Don Bosco tuvo la gracia de viajar, en sueños, a una mansión de felicidad y allí apareció Domingo! quien traía la misión de darle unos recados y de hablar con él, largo y tendido; y ¡que montón de cosas! le preguntara Don Bosco al pequeño Domingo,… y cuantas maravillas vio y escuchó…
«¡Que haces loquillo, (…)no puedes tocarme porque soy espíritu puro!», le dijo el chiquillo a Don Bosco, cuando este intentó asir por la mano a su querido hijo.
Pero antes de contar la historia vamos a hablar un poco de Santo Domingo Savio.
Santo Domingo Savio
«Morir antes que pecar», era uno de los pensamientos que le alentó en el camino hacia la santidad; así era Domingo, quien cuenta la biografía que murió cuando estaba para cumplir los quince años.
Estando un día Don Bosco en un viaje, tuvo la ventura de conocerlo, y se lo llevó con él a Turín para estudiar en el oratorio.
Domingo era un niño virtuoso y piadoso; quien al lado de Don Bosco se fue perfeccionando hasta que llegó a convertirse en un santo (y quien no, con semejante amigo, tan amable y celoso por las almas). Recorrió un camino de santidad en la cotidianidad de la vida, cultivó las virtudes cristianas como un ramillete de flores que luego le adornarían en el Paraíso, fue buen compañero y cumplidor de sus deberes, supo encarnar la caridad y profesó un inmenso amor por Nuestro Señor y la Santísima Virgen María.
El 8 de diciembre de 1854 El Papa Pío IX proclama solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción. En ese día, el mejor alumno de Don Bosco, Santo Domingo Savio, funda con los más excelentes alumnos del Oratorio la «Compañía de la Inmaculada», para honrar a al madre de Dios, haciendo apostolado entre los compañeros, cumpliendo exactamente el deber, y practicando la amabilidad con gran caridad hacia todos. De los 18 salesianos que fundaron la Comunidad, 17 pertenecían a la Compañía de la Inmaculada.
En 1857 cursaba tercero de bachillerato cuando se enfermó de gravedad y el 9 de marzo, después de haber recibido los santos sacramentos murió plácidamente exclamando: «Que cosas tan hermosas veo».
Durante los tres años de estudio en el oratorio ganó el premio al compañerismo, y su santidad y simpatía fueron tan grandes que por muchos años su recuerdo estuvo vivo y vibrante entre todos sus compañeros.
Pocos días después de su muerte se apareció, en sueños, a su afligido padre para avisarle de que se había salvado, y ya muy pronto comenzó a obrar milagros en favor de los que se encomendaban a él. fueron tantos y tan grandes los milagros que el Papa Pío XII lo declaró santo en el año de 1954, y lo nombró patrono de los jóvenes del mundo entero.
En 1876, Don Bosco tuvo la impactante aparición, en sueños, de Santo Domingo.
Así es la vida del Paraíso
Relato breve de la aparición, dice: El 6 de diciembre de 1876, Domingo Sabio se apareció a Don Bosco en un sueño:
“En un jardín de una belleza indescriptible, vi aparecer a Domingo Sabio acompañado de un gran número de jóvenes, muchos de los cuales yo conocía porque habían sido mis alumnos, pero muchísimos más que nunca había visto. Todos venían alegres a mi encuentro. Los acompañaban muchos, muchísimos sacerdotes, unos conocidos míos, ya muertos, y otros totalmente desconocidos para mí. Cada sacerdote guiaba un grupo de jóvenes.
Domingo Savio venía rodeado de músicas y resplandores. Inmensamente bello y brillante. Vestía una túnica blanquísima y estaba ceñido con una franja roja. De su cuello pendía una cadena de flores tan bellas cual yo nunca había visto semejantes. En la cabeza llevaba una corona de rosas. Su cabellera ondulante descendía hasta su espalda… parecía un ángel. A continuación hablaron de muchas cosas…
Para vislumbrar mejor tan celestiales misterios contemos los detalles de aquel feliz encuentro, y la maravillosa descripción que Don Bosco hace de lo sucedido…
Relato detallado del encuentro en el Paraíso
Más de lo que uno pueda imaginar… Así fue lo que vio y lo que oyó el santo: Multitud de gente llena de felicidad inmensa, con ropas hermosas, música celestial, palacios, jardines…
Sueño de San Juan Don Bosco (Memorias Biográficas. MB. 12, 494) del año 1876:
«La noche del 6 de diciembre comencé a soñar y me pareció que estaba en una pequeña altura frente a una llanura que parecía de cristal…»
«(…) de increíble belleza, todos repartidos en bosquecillos, prados y parterres de flores, de formas y colores variados. Ninguna de nuestras plantas puede darnos una idea de aquellas otras, aunque guardaban con ellas alguna semejanza. Las hierbas, las flores, los árboles, las frutas eran vistosísimas y de bello aspecto. Las hojas eran de oro, los troncos y ramas de diamante y lo restante hacía juego con esta riqueza. Imposible contar las diferentes especies, y cada especie y cada flor resplandecía con luz propia.
En medio de aquellos jardines y en toda la extensión de la llanura contemplaba yo innumerables edificios de un orden, belleza y armonía, de tal magnificencia y de tan extraordinarias proporciones que para la construcción de uno solo de ellos parecía que no habrían bastado todos los tesoros de la tierra. Al contemplar aquello yo me decía a mí mismo: “si mis muchachos tuvieran sola una de estas casas, ¡como gozarían!, ¡que felices serían!, ¡Con cuanto gusto vivirían en ellas! Y así pensaba sólo al ver aquellos palacios por fuera. ¡Cual no debería ser su magnificencia interior!
Mientras contemplaba extasiado tan estupendas maravillas y el ornato de aquellos jardines, llegó a mis oídos una música dulcísima y de tan grata armonía que no os podría dar una idea de ella. (…) Eran cien mil instrumentos que producían cada uno un sonido diferente del otro, mientras todos los sonidos posibles difundían por el aire su sonoridad. A éstos uníanse los coros de los cantores. Vi entonces una multitud de gentes dispersas por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría. Quien tocaba, quien cantaba. Cada voz, cada nota hacía el efecto de mil instrumentos reunidos, todos diversos entre sí. Al mismo tiempo oíanse los diversos grados de la escala armónica, desde el más alto al más bajo que se pueda imaginar, pero todos en perfecto acorde. Para describir esta armonía no bastan las comparaciones humanas. En el rostro de aquellos felices moradores del jardín se veía que los cantores no solo experimentaban extraordinario placer en cantar, sino que al mismo tiempo sentían un inmenso gozo al oír cantar a los demás. Y cuanto más cantaba uno, más se le encendía el deseo de cantar, y cuanto más escuchaba, más deseaba escuchar. Su canto era este: «Salus, honor, gloria Deo Patri Omnipotenti! (…)»
Mientras escuchaba atónito estas celestes armonías vi aparecer una multitud de jóvenes (…) entonces pregúnteme a mí mismo: “¿Duermo o estoy despierto? Y daba palmadas y me tocaba el pecho para cerciorarme de que era realidad lo que veía. Al llegar toda aquella turaba delante de mí, se detuvo a una distancia de unos ocho o diez pasos. Entonces brilló un relámpago de luz más viva, cesó la música y siguiose un profundo silencio… Aquellos muchachos estaban inundados de una grandísima alegría que se reflejaba en sus ojos, y sus rostros eran como un trasunto de paz interior que reinaba en sus espíritus. Me miraban con una dulce sonrisa en sus labios y parecía como si quisieran hablar, pero permanecieron en silencio.
Domingo Savio se adelantó solo (…) callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Caíale hasta los pies una túnica blanquísima cuajada de diamantes y toda ella tejida de oro. Ceñía su cintura con una amplia faja roja recamada de tal modo de piedras preciosas que las unas tocaban casi a las otras, entrelazándose en un dibujo tan maravilloso que ofrecían una belleza de tal colorido que yo, al contemplarla, me sentía lleno de admiración. Pendíale del cuello un collar de peregrinas flores, no naturales, las hojas parecían de diamantes unidas entre sí sobre tallos de oro y así todo lo demás. Estas flores refulgían con una luz sobrehumana más viva que la del sol, que en aquel instante brillaba en todo su esplendor primaveral, proyectando sus rayos sobre aquel rostro cándido y rubicundo (*rubicundo en el diccionario significa rubio o rojizo) de una manera indescriptible e iluminándolo de tal forma que no era posible distinguir cada uno de sus rasgos. Llevaba sobre la cabeza una corona de rosas; caíale sobre los hombros en ondulantes bucles la hermosa cabellera, dándole un aire tan bello, tan amable, tan encantador… que parecía ¡un ángel!.»
Parecía que Don Bosco al pronunciar estas últimas palabras hacía esfuerzos para encontrar expresiones adecuadas; y las concluyó con un gesto indescriptible y un tono de voz que estremeció a todos, cual uno que esté rendido por el esfuerzo hecho por encontrar los términos adecuados para expresar plenamente su idea. Después de breve pausa siguió:
«No menos resplandecientes de luz estaban los que le acompañaban. Vestían todos de diversa manera, pero siempre bellísima; más o menos rica; quien de una forma, quién de otra, y cada una de aquellas vestiduras tenía un significado que nadie sabría comprender. Pero todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja igual a la que llevaba Domingo.
Yo seguía contemplando absorto todo aquello y pensaba: ¿Qué significa esto? ¿Cómo he venido a parar a este sitio? Y no sabía explicarme donde me encontraba. Fuera de mí, tembloroso por la reverencia que aquello me inspiraba, no me atrevía a decir palabra. También los demás continuaban silenciosos.»
Un diálogo en el Paraíso
Don Bosco pregunta a Domingo donde se encuentra:
-«¿Pero donde me encuentro?», preguntó Don Bosco. -«Estas en una mansión de felicidad», le respondió Domingo.
Finalmente Domingo despegó los labios para decir: ¿por qué estás aquí mudo y como anonadado? ¿No eres el hombre que en otro tiempo de nada se amedrentaba, que arrastraba intrépido las calumnias, las persecuciones, las maquinaciones de los enemigos, y las angustias y los peligros de toda suerte? ¿Dónde está tu valor? ¿Por qué no hablas? Y contesté a duras penas, balbuceando las palabras: “yo no se que decir… pero, ¿no eres tu Domingo Savio? – Sí lo soy, ¿ya no me reconoces? -¿y como te encuentras aquí?, añadí confuso. Domingo entonces, afectuosamente me dijo: (…) Pregúntame algo. Entonces, cobrando un poco de ánimo, le dije: -Es que… no sé dónde me encuentro, por eso estoy temblando. –Estas en una mansión de felicidad, respondiome Domingo, en donde se gozan todas las dichas, todas las delicias. -¿Es este, pues, el premio de los justos? – No, por cierto. Aquí no se gozan los bienes eternos, sino sólo, aunque en grado sumo, los temporales. –Entonces, ¿todas estas cosas son naturales? –Sí; aunque embellecidas por el poder de Dios. -¡y a mí que me parecía que esto era el paraíso!, exclamé. – ¡No, no, no!, repuso Savio. No hay ojo mortal que pueda ver las bellezas eternas. – Y ¿estas músicas, seguí preguntando, son las armonías de que gozáis en el Paraíso? – ¡No, no, ya te he dicho que no! – ¿Son armonías naturales? – Sí, son sonidos naturales perfeccionados por la omnipotencia de Dios. – ¿y esta luz que sobrepuja a la luz del sol, es luz sobrenatural? Es luz del Paraíso? – Es luz natural aunque reavivada y perfeccionada por la omnipotencia divina. – ¿y no se podría ver un poco de luz sobrenatural? – Nadie puede gozar de ella hasta que no llegue a ver a Dios sicut est. El más ínfimo rayo de esa luz quitaría al instante la vida a un hombre, porque no hay fuerzas humanas que la puedan resistir. – ¿No puede haber una luz natural más hermosa que esta? -¡Si supieras! Si vieras solamente un rayo de sol, llevado a un grado superior a este, quedarías fuera de ti. – ¿Y no se puede ver al menos una partícula de esa luz que dices? – Sí que se puede ver y tendrás una prueba de lo que digo. Abre los ojos. – ya los tengo abiertos contesté- Pues fíjate bien y mira allá al fondo de ese mar de cristal. Tendí la vista y al mismo tiempo apareció de improviso, en el cielo y a una distancia inmensa, una fugaz centella de luz, sutilísima como un hilo, pero tan brillante, tan penetrante que di un grito que despertó a Don Juan Bta. Lemoyne*, que dormía en una habitación próxima a la mía. Aquel destello de luz era cien millones de veces más clara que la del sol y su fulgor bastaría para iluminar el universo entero. Un instante después abrí los ojos y pregunté a Domingo: -¿Qué es esto? (…)
(*El Padre Lemoyne se encargó de transcribir el sueño narrado por Don Bosco y otros sueños)
-¿Qué gozáis en el Paraíso? – ¡Ah! Es imposible querértelo explicar; lo que se goza en el Paraíso no hay mortal alguno que pueda saberlo mientras no abandone esta vida y se reúna con su creador. Lo único que se puede decir es que se goza de Dios; y esto es todo.
Don Bosco pregunta a Domingo por el significado de los vestidos:
«¿Y porque tienes ese vestido así tan blanco? «
Domingo calló pero un coro de voces respondió, cantando, las palabras de la S. Biblia: “Estos son los que se mantuvieron sin pecado y purificaron sus almas con la Sangre del Cordero. Los que tienen el corazón puro, los que no cometieron pecados de impureza, seguirán al cordero donde quiera que Él vaya”. (Apocalipsis 14*) .Los que llevan la franja roja significaba los sacrificios hechos, el martirio sufrido para conservar la pureza. (…). La penitencia que libra al alma de la mancha de la culpa. La blancura del vestido significa la conservación de la inocencia del bautismo.
*Apocalipsis 14, 1-5: (…) tenían escrito en las frentes su nombre y el nombre de su Padre.(…) cantaban un cántico nuevo (…) ninguno podía aprender el cántico, a excepción de los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra. Estos son los que no se han manchado con mujeres, porque son vírgenes; estos siguen al cordero dondequiera que va; fueron rescatados de los hombres como primicias para Dios y para el cordero; en su boca no se ha encontrado mentira. Son irreprensibles.
Domingo Sabio tiene una misión:
«vengo para hablar contigo»:
Domingo mencionó que venía con una misión, Legatione Dei fungor; hacía las veces de embajador de Dios, entonces hablaron:
– pregúntame pronto lo que desea saber. Las horas pasan y se podría acabar el tiempo que se me ha concedido para hablarte y después no me verás más. Entonces hablaron del pasado, presente y porvenir del oratorio, de sus queridos hijos y de la congregación.
Hablaron sobre el presente:
Adornos para ir a la eternidad

Domingo le entrega a Don Bosco un regalo del cielo, un ramillete de flores!, y le explica que esos son los adornos que sus alumnos deben conseguir para ir a la eternidad y que no se los dejen arrebatar. Cada flor significa una virtud. Dice así:
«Domingo me presentó un magnífico ramillete que tenía en la mano. Había en el rosas, violetas, girasoles, gencianas, lirios, siemprevivas, y entre las flores, espigas de trigo. Me lo ofreció diciéndome: ¡mira! –ya veo, pero no entiendo lo que quieres decir. –Entrega este ramillete a tus hijos, para que puedan ofrecérselo al Señor cuando llegue el momento; procura que todos lo tengan, que a ninguno le falte ni se lo deje arrebatar (…) – ¿pero, que significa este ramillete de flores? – consulta la teología; ella te lo dirá y te dará la explicación. –La teología la he estudiado, pero no sabría encontrar en ella el significado del ramo que me ofreces. – pues estas obligado a saber todo esto. – Vamos; calma mi ansiedad, explícamelo.
-¿ves estas flores? Representan las virtudes que más le agradan al Señor. – ¿y cuáles son? – La rosa es símbolo de la caridad (amar mucho a Dios y al prójimo) ; la violeta, de la humildad; el girasol, de la obediencia; la genciana, de la penitencia y la mortificación (sacrificios); las espigas, la comunión frecuente; el lirio simboliza la bella virtud de la cual está escrito: Erunt sicut Angeli Dei in coelo (serán como ángeles en el cielo) , la castidad (la virtud de la pureza). La siempreviva quiere indicar que estas virtudes han de ser perennes, simbolizando la perseverancia» (esto es que hay que practicarlas siempre, sin desanimarse).
María, consuelo a la hora de la muerte
– Bien Domingo, tú que durante toda tu vida practicaste todas estas virtudes, dime: ¿Qué fue lo que más te consoló a la hora de la muerte? – ¿Qué crees tú que pudo ser? – ¿fue tal vez el haber conservado la bella virtud de la pureza? – No, eso solo, no. – ¿Quizás la tranquilidad de conciencia? – Cosa buena es esa, pero no la mejor. – ¿Acaso fue la esperanza del Paraíso? – Tampoco. -¿qué entonces? ¿El haber hecho muchas buenas obras? – ¡No, no! –
¿Cuál fue, pues, tu mayor consuelo en aquella última hora?, le insistí confuso y suplicante, al ver que no lograba adivinarlo. –Lo que más me confortó en el trance de la muerte fue la asistencia de la potente y bondadosa Madre de Dios. Dilo a tus hijos; que no se olviden de invocarla en todos los momentos de la vida.
Hablaron sobre el futuro:
Domingo le anunció algunas cosas acerca del porvenir de la congragación y la muerte de seis personas y dos de sus colaboradores para el año siguiente.
Domingo le anuncia que para el año siguiente seis hijos muy queridos serán llamados por Dios a la eternidad y lo tranquiliza diciéndole que serían trasplantados del erial de este mundo a los jardines del Paraíso. También hablaron sobre algunas cuestiones respecto a la congregación.
Destino de la Iglesia
Don Bosco prosigue – Ahora desearía que me dijeses algo sobre la iglesia en general – Los destinos de la Iglesia están en manos del Creador. Lo que ha determinado en sus infinitos decretos, no lo puedo revelar. Tales arcanos se los reserva El exclusivamente para sí y de ellos no participa ninguno de los espíritus creados. (…) lo demás ya es sabido de todos: la Iglesia no puede perecer…
El alma, separada del cuerpo y la esperanza de la resurrección:

(…) date prisa, pues apenas me queda tiempo para hablar contigo. Entonces extendí anhelante las manos para tocar a aquel mi querido hijo, pero sus manos parecían inmateriales y nada pude asir. – ¿Qué haces loquillo?, me dijo sonriendo Domingo. – Es que temo que te vayas, exclamé. -¿No estás aquí con el cuerpo? – Con el cuerpo no; lo recobraré un día. – ¿y que es, pues, este tu parecido? Yo veo en ti la fisonomía de Domingo Savio. – Mira: cuando por permisión divina se os aparece un alma separada del cuerpo, presenta a vuestra vista la forma exterior del cuerpo al que en vida estuvo unida con todos sus rasgos exteriores, si bien grandemente embellecidos, y así los conserva mientras con él no vuelva a reunirse en el día del juicio universal. Entonces se lo llevará consigo al Paraíso. Por eso te parece que tengo manos, pies y cabeza; en cambio no puedes tocarme porque soy espíritu puro. Esta es sólo una forma externa por la que me puedes conocer.
Hediondez del pecado
-¿Y mis jóvenes están todos en camino de salvación?, preguntó Don Bosco.
Contestó Domingo: -Tus discípulos se dividen en tres clases. ¿Ves estas tres listas?
Le entregó la primera, tenía un título: “los que no han caído”. Eran muchos. Viajaban a la eternidad con un alma hermosa, sin heridas ni manchas. Muchos de ellos eran conocidos por mí.
La segunda lista, tenía por título: “los que cayeron pero se han levantado”. Son los que han pecado pero se han arrepentido y se han confesado y están corrigiéndose. Muchos más que los de la primera lista.
La tercera lista, tenía por título: “Los que caminan por la vía de la perdición”. Domingo me dijo: estos son los que viven tranquilamente en pecado mortal. Al abrir la lista tendré que retirarme porque son almas tan antipáticas por su amor al pecado que su presencia no la podemos soportar y su olor es insufrible. Me voy, recuérdales a todos la lista de flores que deben conseguir.
Sobre el tercero, el de los que tienen pecados graves y sin confesar, dice Domingo que no lo abra. – Si abres esta hoja saldrá de ella un hedor tal, que ni tu ni yo lo podríamos resistir. Los ángeles tienen que retirarse asqueados y horrorizados, y el mismo Espíritu Santo siente nauseas ante la horrible hediondez del pecado. _ ¿y cómo puede ser eso, le interrumpí, siendo Dios y los ángeles impasibles? ¿Cómo pueden sentir el hedor de la materia? – Sí, porque cuanto mejores y más puras son las criaturas, tanto más se asemejan a los espíritus celestiales; y por el contrario, cuanto peor y más deshonesto y soez es uno, tanto más se aleja de Dios y de sus ángeles, quienes a su vez se apartan del pecador convertido en objeto de nausea y de repulsión.
Al abrir la tercera lista, (…) se esparció un olor tan insoportable que creí morir. La hermosa visión de Domingo Savio y sus amigos desapareció. La atmósfera se oscureció, y al mismo tiempo hendió los aires un relámpago, y un formidable trueno se dejó oír, de tal manera que me desperté asustadísimo. Aquel olor penetró en todas las paredes y se me infiltró en los vestidos de tal manera, que mucho tiempo después me parecía sentir aquella hediondez terrible. Aun ahora, con solo acordarme me vienen nauseas, me siento asfixiado y con el estómago revuelto.
Al día siguiente comenzó a interrogar a los jóvenes el estado de su alma “(…) aquel sueño no me había engañado. Ha sido pues una gracia del Señor (…)”. (MB 12, 580).
Se cumplieron también las muertes anunciadas, seis alumnos y dos salesianos.
Oración a Santo Domingo Savio, para vivir santamente.

Enlace a la Memoria Biográfica (MB 12, 494) de la aparición de Santo Domingo Sabio a Don Bosco: https://www.dbosco.net/mb/mbvol12/mbdb_vol12_495.html
Fuentes Bibliográficas: dbosco.net. y «Los sueños de San Juan Bosco», P. Eliecer Sálesman. ED Apostolado Bíblico, 2ª edición.
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